Relatos premiados del curso 2017-2018

Aquí os dejamos algunos de los relatos ganadores del XII Certamen Literario del IES Ana María Matute:

TERCER NIVEL: BACHILLERATO Y CICLOS FORMATIVOS.

GANADOR: La Krypteia. Gonzalo García Lumbreras (XIPHOS). 2º Bachillerato B

Todo estaba dispuesto, aunque nadie lo supiera porque la vida no avisa. La vida no tiene en cuenta los deseos, las opiniones o las leyes de los humanos. Sigue sus propias normas. La vida nos engaña y nos hace creer que tenemos la oportunidad de elegir. Pero no es así. El libre albedrío no existe. Nacemos, vivimos y morimos siguiendo una senda ya marcada, una senda con nuestro nombre y apellidos.

Todo estaba dispuesto, para ese mismo día y los jóvenes elegidos dormían plácidamente en sus lechos sin saber nada aún. Habían sido observados minuciosamente desde los siete años, cuando empezó su duro entrenamiento. Seleccionados con el objetivo de crear una élite de guerreros excepcionales, los más letales de toda Grecia. La futura generación de hippeîs, la guardia personal del rey espartano.

Ajax apenas los oyó llegar. Cuando se quiso dar cuenta de lo que sucedía, dos espartiatas, vestidos con sus armaduras de combate, entraron en la habitación en la que dormía y le sacaron violentamente del lecho. Impasibles ante sus protestas, le colocaron una venda en los ojos y le condujeron fuera del campamento militar.

-¿Qué hacéis? ¿A dónde me lleváis?- preguntó confuso el joven mientras notaba el crujir de los guijarros del camino bajo sus pies.

-Sigue andando- respondió el hoplita situado a su izquierda.

Ajax no dijo una palabra más. Había aprendido a base de golpes la importancia de la obediencia. Seguir ciegamente las órdenes de los superiores sin cuestionarlas en ningún momento. Era uno de los pilares básicos de la agogé, el sistema educacional espartano. Obedecer y trabajar en equipo, como las abejas, con el objetivo de hacer que la colmena prospere. Aquellos hombres, a juzgar por el equipamiento en el que el joven apenas tuvo tiempo de fijarse, eran iguales, espartanos que habían alcanzado la ciudadanía plena. Un título que, según le habían dicho, no tardaría en alcanzar.

Después de un rato caminando, los iguales que lo escoltaban lo agarraron de los hombros, para que se detuviera y lo empujaron con escasa delicadeza al interior de lo que parecía ser un carro. Ajax escuchaba los relinchos de los caballos con total claridad. También alcanzó a oír el chasquido del látigo y el sonido continuo de los cascos de los caballos al golpear las piedras del camino cuando se pusieron en marcha. Se suponía que las pruebas ya habían acabado. Él ya había superado la  agogé. ¿Lo enviaban acaso al campo de batalla? No tenía noticias de ningún conflicto que concerniera a Esparta. Las preguntas pasaban por su cabeza como estrellas fugaces, todas sin respuesta. Finalmente, el joven se tranquilizó y decidió que lo mejor sería aceptar la situación y todo aquello que el destino le deparase.

Ajax perdió totalmente la noción del tiempo. Dedujo que debió haber pasado bastante tiempo, ya que, cuando el carro se detuvo y le quitaron la venda, pudo contemplar en el horizonte el comienzo de la puesta de sol. El joven notaba el frío calar en sus huesos. Llevaba una fina túnica como único abrigo para hacer frente a las bajas temperaturas. No lo habían dejado vestirse con su ropa habitual desde que lo metieron en el carro. Al echar un vistazo a su alrededor  pudo contemplar un paisaje montañoso desconocido para él.

El carro se había detenido en un estrecho paso montañoso. A su espalda, Ajax tenía un enorme muro rocoso. En frente, podía observar un barranco que le causaría una dolorosa muerte en el caso de caerse. El grosor del camino era de apenas dos metros, lo justo para que el carro pudiese pasar. Al mirar por el barranco vio un frondoso bosque de robles y, a lo lejos, lo que parecía ser un pequeño poblado. No encontraba ninguna referencia que lo orientara o le diera la más mínima pista de la distancia a la que se encontraba la ciudad.

Uno de los dos hombres que lo habían metido en el carro se le acercó. Fue en aquel momento cuando pudo fijarse con detalle en su vestimenta. Su casco de bronce, reluciente como un diamante cubría la mayor parte de su rostro, solo dejando ver sus ojos y la parte desde la nariz hasta la barbilla. Estaba rematado en un penacho de color rojo carmesí, el cual se movía elegantemente, casi de manera sobrenatural al son de la suave brisa. En su mano derecha portaba una lanza de dos metros, acabada en una afilada punta de hierro, capaz de atravesar la carne como si de mantequilla se tratase. Con su otra mano agarraba firmemente el hoplón, el enorme escudo que llevaban los iguales a la batalla y con el que se defendían unos a otros. En el centro, tenía el símbolo lambda dibujado. Su armadura, tan reluciente como su casco y hecha enteramente de bronce, tenía dos leones dibujados en el pecho, en actitud feroz y desafiante. Unas grebas de bronce protegían sus espinillas y sus sandalias, sucias por el polvo del camino, dejaban al descubierto los dedos de sus pies. Sin embargo, lo que más impresionaba al joven era su majestuosa capa morada, la cual causaba terror en los enemigos al divisarla a lo lejos, antes de empezar el combate. Ajax había deseado desde muy pequeño que llegara el día en el que pudiera vestirse así, marchar a la guerra y ganar honor y gloria. Aquel hombre parecía rebosante de ambas.

-Dame tus sandalias- le ordenó con dureza el hoplita. Cuando el joven se las dio, el igual le entregó un puñal.- Esto será lo único con lo que vas a contar a partir de ahora, a parte de tu túnica. Te esconderás por las montañas y te dirigirás a ese poblado que ves al fondo. Habrá hoplitas espartanos esparcidos por la zona. Si alguno de ellos te descubre, te matarán. Cuando llegues al poblado, esperarás a la noche y matarás a todo aquel que encuentres a tu paso.

Dicho esto, el hombre volvió al carro, en el que le esperaba su compañero y se pusieron en marcha. Pasados unos minutos, la única prueba de que alguna vez estuvo ahí fue el polvo que el carro levantaba en el camino. Ajax miró como se perdía en el anaranjado horizonte, perplejo, sin creerse aun lo que estaba sucediendo. Había hecho otras pruebas de supervivencia durante su agogé, pero ninguna como aquella. No tenía comida, agua, abrigo o refugio. No obstante, lo que más taladraba su cabeza era la última orden que le había dado el igual. Nunca le habían pedido que matara a alguien. Ajax sabía que tendría que hacerlo, pero solo se imaginaba a si mismo quitándole la vida a otros hombres armados. Pero, ¿Matar a los habitantes de un poblado? ¿Por qué? Ajax se convenció a si mismo de que no lo haría. A pesar de ello, no podía quedarse allí parado. El frío le atacaba y penetraba en su cuerpo, como miles de aguijones. Aunque estaba ya acostumbrado a ello, no podría aguantar mucho tiempo si no encontraba un refugio. Ni siquiera un espartano podría soportar una noche en las montañas en pleno invierno.

 Ajax decidió ponerse en marcha. Las piedras del camino se clavaban sin piedad en sus pies, aunque casi no las notaba. Había sido obligado a pasar la mayor parte de su vida descalzo. Las plantas de sus pies se habían transformado en callos. El paso se extendía varios kilómetros haciendo eses. No parecía que condujera directamente al poblado y, si lo hacía, la ruta sería demasiado larga. La alternativa más rápida parecía ser descender el barranco. Además, cuando cayera la noche, las temperaturas descenderían aún más y probablemente moriría congelado. Si descendía el barranco, llegaría al fondo en un par de horas y podría cobijarse en alguna cueva o en algún árbol frondoso que le proporcionara abrigo. De seguir el paso, estaría expuesto. Tras haber sopesado todas sus posibles opciones, Ajax decidió descender por el precipicio.

La bajada fue dura al principio. La roca se clavaba sin piedad en sus manos y pies y no tardó en abrir cortes en sus callos. El frío, unido a un fuerte viento que soplaba en la montaña, hacía que las heridas del joven escocieran y se abrieran aún más. Además de castigar todos y cada uno de los músculos de su cuerpo, entumeciéndolos. Solo el escozor de las heridas lo mantenía despierto, concentrado, alerta. El dolor, según le dijo uno de sus instructores, era el mejor aliado del espartano. Te hacía sentir que estabas vivo y que podías morir. En aquel momento, se sentía más vivo que nunca.

Hasta en tres ocasiones tuvo que deshacer parte del camino debido a que el descenso se hacía imposible, bien porque la pared se volvía lisa o los puntos de apoyo se encontraban demasiado distantes. Cuando pudo ver el final del barranco, se encontraba exhausto y el frío empezaba a insensibilizar sus dedos, los cuales empezaban a adquirir un peligroso tono morado. Recorrer el tramo que le quedaba podría llevarle veinte minutos, un cuarto de hora con suerte. No obstante, cada vez le resultaba más difícil agarrarse a los salientes. La visibilidad, cada vez menor a medida que el sol iba dando paso a la noche, tampoco ayudaba. Tenía que darse prisa. Necesitaba alcanzar el suelo urgentemente. El joven aceleró el ritmo. Se agarraba a los salientes desesperadamente, casi a ciegas, sin comprobar que fuesen puntos de apoyo seguros. El viento rugía con fuerza y agitaba con furia su túnica. Aunque no se daba cuenta, sus labios empezaban a adquirir un tono violeta y su nariz estaba totalmente enrojecida.

Cuando el último de los rayos del sol se ocultó, uno de sus pies finalmente tocó el suelo. El primer pensamiento que le invadió tras pisar tierra firme fue el de tumbarse y descansar. Sin embargo, sabía que de hacerlo, nunca despertaría. Tenía que encontrar un refugio. Su vista se empezaba a nublar y por su mente empezaban a circular pensamientos e ideas inconexas. Ajax caminó sin alejarse de la pared montañosa, buscando una cueva. Cuando sus piernas empezaban a dejar de responderle, el espartano encontró una hendidura en la pared. No tan grande como le hubiera gustado, pero le permitiría protegerse del frío. Usando las ramas de un árbol que habían caído al suelo, formó un lecho y se acostó en él, intentando mantener el calor. El aullido del viento empezó a escucharse distante poco a poco mientras el joven empezaba a perder la conciencia, sumiéndose en un profundo sueño.

Por la mañana continuó el infierno. Aunque las temperaturas habían subido y eran más soportables, los alimentos escaseaban. Era pleno invierno y todos los animales estaban escondidos en sus madrigueras, hibernando. Encontrar hongos o cualquier otro tipo de sustento en el suelo era casi imposible. Después del titánico esfuerzo que el espartano hizo la noche anterior, su cuerpo le pedía urgentemente alimento y agua. A pesar de no haber arroyos cercanos, el joven, usando su cuchillo, empezó a hacer incisiones en distintos troncos de árboles, hasta que consiguió extraer agua de uno de ellos. Durante el resto de la mañana, continuó avanzando por el bosque, mientras seguía observando los árboles, en busca de algún animal que llevarse a la boca. Al anochecer, encontró una ardilla escondida en el tronco de un árbol. Ajax, sin ningún tipo de reparo, la devoró ávidamente.

Fue esa misma noche cuando los escuchó por primera vez. Parecían estar patrullando el bosque. Los iguales escudriñaban todo a su alrededor, en busca de algún insensato que fuera lo bastante estúpido como para no esconderse de ellos. El joven pasó la noche entera evitándolos.  Para ello, tuvo que dar varios rodeos y ocultarse usando los troncos de los árboles. El dolor y la fatiga lo acompañaban con cada paso que daba, en cada inspiración y en cada parpadeo. Sin embargo, solo conseguían hacerlo más fuerte. Ajax había sido roto y recompuesto incontables veces durante su infancia. Conocía el dolor tan bien como el arte de la guerra. Había llegado a formar parte de él, convivía con él en simbiosis.

A medida que el joven se acercaba al poblado, eran más frecuentes los encontronazos con soldados espartanos. A pesar de que conseguía mimetizarse con el entorno gracias al barro y a las hojas que había esparcido por todo su cuerpo, solo era capaz de avanzar y de alimentare por la noche, cuando las sombras se convertían en sus aliadas. Presa de día, cazador de noche. Al muchacho se le antojaba muy poético y a la vez macabro.

Al llegar la noche del cuarto día, llegó al poblado. Era un asentamiento pequeño, de no más de veinte chozas. A pesar de ello, parecía desierto. Un silencio sepulcral reinaba en la zona. Sin embargo, no era un silencio normal. Había algo más, algo aterrador y opresivo en el ambiente. Una sensación de miedo, que casi podía olerse. Ajax sacó el puñal que tenía escondido en su túnica. Avanzaba en el más absoluto silencio, con la Luna como único testigo de su comportamiento furtivo. Caminaba entre las cabañas, buscando la más mínima señal de vida, buscando respuestas a todos esos interrogantes que empezaban a agolparse en su cabeza ¿Por qué tenía que matar a todo aquel que se encontrase en su camino? ¿Por qué tenía la extraña sensación de estar en peligro? ¿Por qué no había nadie? ¿Por qué tenía el presentimiento de que ese no era un asentamiento espartano o perieco?

El crujir de una rama en el suelo lo puso alerta. El muchacho se giró con agilidad felina justo en el momento en el que algo se abalanzaba sobre él. Su agresor, al que enseguida identificó como un humano, lo había tirado al suelo y le intentaba clavar algo punzante que tenía en su mano derecha. Los ojos de Ajax se habían acostumbrado a la oscuridad y le permitieron identificar el objeto y bloquear el brazo de su atacante con su antebrazo antes de que fuera demasiado tarde. A pesar de estar ligeramente desnutrido, el espartano se encontraba en excelente forma física. No tardó en hacer retroceder el brazo del agresor y quitárselo de encima haciendo fuerza con ambas piernas. Tras escuchar como la espalda de su enemigo crujía al impactar con el suelo, se abalanzó sobre él y le clavó el puñal en la yugular, inmisericorde. Contempló como la sangre brotaba de su garganta como una fuente carmesí y como desaparecía de sus ojos todo rastro de vida, iluminados lúgubremente por la luz plateada de la Luna.

¿Por qué le había atacado? ¿Lo había tomado por una amenaza, o quizás ese individuo era la amenaza? En tal caso, ¿Había más? Ajax decidió inspeccionar todas y cada una de las cabañas, para evitar más sorpresas desagradables. Todas parecían vacías, pero el joven espartano creía ver formas en cada esquina. La oscuridad y su imaginación le estaban jugando una mala pasada.

Al entrar en la tercera cabaña alcanzó a escuchar una respiración agitada. Todos sus músculos se tensaron. Su cabeza iba de un lado a otro del recinto, intentando identificar la fuente del sonido. Ajax observó un movimiento en las sombras, justo debajo de una pequeña mesa de madera situada al fondo de la estancia. Había alguien escondido debajo de la mesa. El joven fue avanzando poco a poco, con el puñal en la mano, intentando ver más allá de la impenetrable capa de sombras que había en el ambiente. La respiración fue agitándose cada vez más, hasta que se convirtió en hiperventilación. El muchacho se paró, sorprendido. ¿Le tenían miedo? El sonido de un objeto alargado silbando en el aire le apartó de sus pensamientos. Algo duro se rompió contra su espalda y una sensación de ardor empezó a extenderse por todo su cuerpo. El golpe lo desestabilizó pero no consiguió derribarlo. El joven se giró justo a tiempo de ver como alguien alargaba el brazo con la intención de golpearlo en la cara. Ajax giró levemente hacia la izquierda mientras contraatacaba con un fuerte golpe a ciegas, orientado hacia el lugar en el que creía que podía estar el atacante. Su puño se hundió en algo blando. El espartano pudo escuchar un débil gemido justo antes de que su agresor cayera al suelo con un golpe seco. Segundos después, sintió como alguien lo agarraba por la espalda y, antes de que se diera cuenta, notó como su puñal se había hundido hasta el mango en el vientre del desconocido, por puro acto reflejo. La víctima se desplomó en el  suelo emitiendo un gruñido de sorpresa.

Ajax se encontraba furioso. ¿Por qué todo el mundo quería matarlo? Al escuchar la respiración del primer agresor, se abalanzó sobre él y, dominado por una furia animal incontrolable, empezó a apuñalarlo en la oscuridad, una y otra vez, mientras gritaba repetidamente: ¿Por qué me atacáis?

Al salir de la cabaña, el joven observó cómo el sol empezaba a salir perezosamente, iluminándolo todo con sus rosados rayos. Fue entonces cuando pudo contemplar al primer hombre al que había matado aquella noche. Un escalofrío recorrió su espina dorsal de arriba abajo. El cadáver poseía como única vestimenta una tosca prenda de cuero tan desgastada y andrajosa como la túnica del joven. Además de ese gorro. Ese gorro de piel de perro, a juego con su pelo castaño rapado. Era un hilota. Un esclavo. Todos los que allí vivían y a los que había matado lo eran. Eran ellos los que hacían posible la tan famosa libertad de los espartanos. Porque para que pudieran existir los más libres de los griegos, también debían existir los más esclavos. Ajax lo comprendió todo entonces. Entendió por qué lo atacaron y por qué los iguales patrullaban la zona. No querían que los hilotas huyeran. Los mantenían encerrados en aquel macabro coto de caza en el que él se había convertido, sin saberlo, en el cazador. El muchacho cayó de rodillas al suelo y comenzó a sollozar. Nunca había tenido elección. No podía enfrentarse al cruel destino. Todo estaba dispuesto desde el día en el que había nacido. Estaba condenado a ser un asesino. Aunque, si tenía que serlo, pensaba vengarse de todos aquellos que habían contribuido a hacer de él un monstruo. Una ira incontrolable empezó a poseer su cuerpo cuando vio como uno de los iguales salía del bosque y se dirigía a él sonriente. “Enhorabuena Ajax, has superado la Krypteía”- fueron las últimas palabras que salieron de su boca antes de que su vida fuera segada.

 

CUARTO NIVEL: PADRES Y MADRES

GANADOR: Nètras Conway. Raúl Sánchez Guijarro ( padre de Bárbara Sánchez Royuela. 1º Grado Superior TAFAD)

—«Todo estaba dispuesto, aunque nadie lo supiera porque la vida no avisa».

—¿Qué dice el abuelo, mamá? —preguntó Abel, que a sus trece años la charla de su abuelo Antonio le parecía indescifrable en demasiadas ocasiones.Su madre que, a pesar de ser su hija y de estar una generación más cerca del abuelo, estaba tan perdida en esto como Abel, se quitó de en medio —: A ver papá, habla claro que tu nieto no te sigue.

—No lo digo yo, hermosos, son palabras de José Luis. —Era muy suyo lo de «hermosos». Seguro que José Luis también hablaba así…

—Y ese José Luis, ¿quién es? ¿un amigo tuyo? —le preguntó Abel.

—Podría decirse así. Últimamente compartimos buena parte de nuestro tiempo.

—¿También va por la mañana a la residencia? —quiso saber Adela, que así se llamaba su hija. (En esta familia se llevaban mucho las aes)

—¡Qué va! José Luis está siempre allí. Soy yo el que va de visita. Adela se quedó un instante ensimismada tratando de imaginar quién era el compañero de su padre, pero enseguida el conductor del coche de atrás acabó con su indagación a golpe de claxon. Se había abierto el semáforo en el que estaban parados y Adela había tardado más de medio segundo en darse cuenta.

—¡Imperdonable! —debía de estar diciendo el de atrás, aunque sólo se le veía agitar las manos clamando al cielo. Antonio iba al asilo, cómo él lo llamaba, cada día de lunes a viernes. Por la mañana, temprano. Desayunaba en casa con Abel, galletas María el uno y cereales de chocolate el otro. Y después, cada mochuelo a su olivo. Abel al instituto y Antonio a echar la mañana con «los viejos». Luego, a las tres, al salir del trabajo, Adela iba a buscarlo. Antonio ya había comido hacía rato y a esa hora andaban casi todos los de la residencia dando cabezadas por los sillones, si no echando la siesta en sus dormitorios los «indefinidos» como eran llamados por los cuidadores los internos del centro. Antonio, en cambio, aprovechaba ese rato de calma para, entre ronquidos de los «eventuales», leer algún libro de los que habían arrinconado en una pequeña estantería de la sala, viejos y descartados como todos allí.

Antonio era de los pocos, muy pocos, que preferían no ver la tele y rescatar del olvido a los actores de antiguas novelas y vivir junto a ellos vibrantes aventuras, rescatándose así
también de la pesada rutina del tener ya todo hecho.

Hace apenas unos pocos meses pasaba la mañana en casa, incluso preparaba la comida para la familia, pero en algún momento del último año se dejó convencer de que era más
«seguro» que no se quedará solo toda la mañana.

Cuando aterrizó en la residencia (el asilo) pensó que sería buena idea charlar con gente como él, con mucha vida a cuestas y más tiempo para revivir el pasado que para planear el futuro, pero se equivocó. Tras escuchar N veces las mismas batallitas y reírse sin ganas de chistes repetidos, la conversación en torno a los concursos de televisión le animó a apartarse del rebaño y buscó refugio en la mesa de lectura junto a la vieja librería de madera rancia, herencia de alguna donación aún más rancia. Y entonces se abrió un mundo nuevo para Antonio, un mundo interior que lo fue abduciendo y distrayendo del entorno, tanto o más que su enfermedad.

Abel solía volver a casa andando pero, cuando coincidían en el camino de vuelta, se acoplaba a la comitiva familiar.

—¡Por fin en casa! —suspiró Adela, mientras cerraba la puerta del garaje. Ella y Abel se preparaban para comer y Antonio se sentaba con ellos a la mesa y esperaba a que terminaran sus platos para unirse al café de sobremesa. En el asilo consideraban un exceso terminar la comida con un café y, sólo en días señalados, les servían un descafeinado de polvos con leche aguada que, visto el aspecto, no se molestó nunca en probar.

—¿Qué daño me va a hacer un cortado? — suspiraba como de costumbre al tomarlo en casa— El aguachirri ese que nos dan sí que es peligroso, que te deja tonto, que yo veo los efectos que causa. En cambio, un café de verdad te mantiene vivo, que a estas alturas de la película, es lo único que se pretende. Adela sonreía al verlo así de animado. Tenía otros días en que se encerraba en sí mismo y se paraba meditabundo con la cabeza gacha no se sabía si hablando consigo mismo, con Marisa, su mujer que, a pesar de haberse ido dos años atrás, seguía muy presente en su día a día, con Dios, para que no se olvidara de que aún estaba aquí esperando el reencuentro con Marisa, o tal vez se cansó de hablar y simplemente se paraba sin nada que decir y menos que escuchar. Y ahora le había dado por el anarquismo, que si la democracia era una pantomima que los poderes fácticos mantienen como cortina de humo, que si deberíamos preocuparnos más de lo que somos que de lo que tenemos,…

Adela no sabía a qué atenerse: por un lado los médicos se empeñaban en achacar sus desvaríos a su recientemente diagnosticada demencia; por el otro, sus disertaciones no dejaban de seguir un razonamiento perfectamente lúcido. En cualquier caso, siempre era
mejor verlo tan resuelto, que apagándose en silencio.

Una tarde se acercó a su nieto y le preguntó si quería participar en una aventura. Lo tenía todo pensado, José Luis ya lo había vivido años atrás y ahora él quería recuperarlo. Abel desconfiaba, influido por las advertencias de su madre respecto a la capacidad mental del abuelo, pero no tenía nada que perder al escucharlo y decidió seguirle la corriente, ¡y nunca mejor dicho! El abuelo Antonio quería construir una balsa de madera para descender por el río hasta el mar.

—¿Estás loco? —se arrepintió Abel nada más decirlo.

—Ja, ja, ja —rio Antonio— Loco sí, pero de ilusión.

El proyecto era completamente factible: vivían muy cerca del río Espinelas, cuyas aguas ya mansas desembocaban en el Mediterráneo apenas 6 km más abajo pero, claro, una cosa era decirlo y otra llevarlo a cabo, y el abuelo no estaba ya para esos trotes.

—Abuelo ¿no lo dirás en serio?

—¿Qué pasa? ¿No me crees capaz?

—A ver, no es eso, es que… —se quedó sin argumentos el chico; al menos sin argumentos que no fueran: «¡es una locura!» y no estaba dispuesto a repetirlo.

—Entonces, ¿qué? ¿quieres participar o no?

Veía tan emocionado al abuelo que no supo decir que no, y lo que es peor, le prometió no contárselo a su madre.

—A ver, si tu madre se entera me manda al asilo sin billete de vuelta, a que me apolille viendo «La ruleta de la fortuna» Abel confío en que la cabeza del abuelo, en este caso, echara una mano y todo se acabara ahí. Probablemente mañana ni se acordaría. Pero no. Antonio era testarudo y su memoria, si cabe, aún más que él; y este era el mejor momento para demostrarlo. Con la ayuda de Abel, su material de dibujo y los conocimientos de tecnología adquiridos en el instituto, que de algo tenían que servir, durante esa semana se fue plasmando en papel el diseño de la balsa: Troncos de madera, cuerdas, clavos y hasta un parasol fueron tomando forma, medida y encaje. Abel empezaba a disfrutar los ratos sueltos que dedicaban al proyecto. De pequeño siempre había sentido mucha afinidad con su «yayo», cómo se refería a él, pero los años y la pubertad los fueron separando. Ahora volvían a tener algo que compartir, y le gustaba, pero temía el momento de llevar a la práctica el diseño en el que trabajaban juntos o, mejor dicho, el momento de no poder hacerlo.

Y llegó el día. Antonio, para sorpresa de Abel, propuso hablar con su hija porque tenían
que ir al centro de bricolaje y necesitaban coche y dinero, ya que Adela no era partidaria de que el abuelo tuviera tarjeta ni le daba más de 10€ en metálico, por lo que pudiera pasar…

Abel no parecía creerse lo que oía del uno y menos aún lo que consintió la otra, pero el
plan seguía en marcha y al día siguiente iban a por los materiales (!) Y así, al día siguiente, por fin, todo quedó aclarado. Volvieron a casa con todo el material. A Abel le daba vergüenza reconocer todo lo que había pasado y pensado en los últimos días y esperó a quedarse a solas con el abuelo.

—¿Así que ya tenemos todo lo necesario para construir la maqueta? —abrió la conversación.

—Todo —contestó Antonio— ¿Cómo lo ves?

—Perfecto, pero debo reconocer que creía que íbamos a hacerla de tamaño real.

—Eso sería muy complicado. No tenemos la herramienta necesaria, pesaría un montón y no podríamos ni llevarla hasta el río. Además no tenemos que montar nosotros y, para José Luis, es más que suficiente. Ahora sí que Abel estaba seguro de que el abuelo había perdido la chaveta. Pero quién era José Luis y qué pensaba hacer el abuelo (?)

Finalmente todos consiguieron entenderlo. Abel, por qué su madre accedió a hacer la balsa; Adela, por qué su padre quería hacer esto; Antonio, por qué su nieto había estado tan preocupado.

El día que la balsa estuvo terminada, fueron los tres juntos a la orilla del río. Antonio acomodó sobre la mini-balsa el ejemplar de «El río que nos lleva», que en la residencia habían accedido a regalarle, de José Luis Sampedro. Éste era el «José Luis» que tantas jornadas compartía con el abuelo, desde la prosa de sus libros. Abel encajó el parasol que habían fabricado y cuya lona se había encargado él de decorar con las iniciales AAA.

Antonio se encargó con una caña de acercarlo al centro del cauce, donde se dejaba ver la corriente suave que mantenía el flujo de agua. Los tres se despidieron y le desearon un buen viaje:

—¡Adiós! —dijeron Abel y su madre—

—Hasta pronto, amigo —se despidió Antonio, sabedor de que el tiempo, como el agua del río, no se detiene por nada ni por nadie y de que todo estaba dispuesto aunque nadie lo supiera, porque la vida no avisa.

 

QUINTO NIVEL: PROFESORES

GANADOR: El reloj de pulsera. Juan Luis Maldonado Fernández (AMNI AROMA). Profesor de Física y Química.

Todo estaba dispuesto, aunque nadie lo supiera porque la vida no avisa, no espera y no se hace tu amiga. La vida es un juego con una única partida. Se permite tratarte de tú, nos mima y nos grita. Te pone, te quita…

Llegó la hora, el reloj de pulsera marcaba las siete cuarenta y cinco de la tarde. ¡Qué gran palabra! Para muchos no significará nada, pero Juan la recuerda cada día, con amable ironía. Si buscamos una definición, entre otras, encontraremos que es la segunda parte de las dos en que se divide el día, que es un período que comienza con el instante final del mediodía y que finaliza con el instante en el que sobreviene la noche. Eso era Inma para él, su otra parte. Aquellas palabras describen como se siente tras cada período de rotación terrestre. Juan quedó dividido. Con ella todo estaba completo. Es cierto que, desde que empezó su etapa universitaria, no eran muchas las ocasiones en las que coincidían pero le bastaban. Inma era mayor que Juan pero, por encima de todo, estaba el lazo especial que había entre ellos.

Hoy, todavía hoy, recuerda como fue aquel momento. Caminaba por la Universidad, dirección a la Politécnica, ávido de seguir adquiriendo conocimiento. Nunca era suficiente para él y mucho menos por aquel entonces, después de tres años de etapa universitaria pocas cosas superaban lo a gusto que se encontraba rodeado de tanto saber.

Iba solo y apresurado en el paso. No le gustaba llegar tarde, si podía estar diez minutos antes del inicio de las clases y de la llegada del bullicio de gente, mejor. Siempre calculador y metódico, ordenado en su desorden. Si algo no se ajustaba a sus cálculos no era difícil detectarlo, un zuño le delataba.

En aquella tarde, ¡qué gran palabra!, de la estación que abraza a “MAMa”, fue cuando en una primera ojeada de supervisión a su reloj de pulsera anotó mentalmente la disposición de las agujas y se confirmaba a él mismo que se cumplía su programación y llegaba a tiempo para la clase de las ocho. Tras un centenar de pasos llegó la segunda supervisión, sin fin concreto, ¿confirmar que llegaba a tiempo? Ya lo sabía, el ritmo del paso era bueno. Inma y Juan acuñaron para ellos esa curiosa forma de llamar a la primavera, en homenaje a los meses que orgullosos la representan y en honor a la persona más importante para todo ser vivo.

Las agujas no habían hecho lo que debían haber hecho, confirmaban las siete cuarenta y cinco. Se quedaron clavadas en el tercer cuadrante de la circunferencia. Señalaban una singular dirección. Desde tierras alicantinas si nos orientamos hacia la puesta del sol y observamos la disposición de las agujas, señalan hacia Almería, señalan hacia la tierra que vio crecer a Inma y a Juan.

En aquella época la tecnología móvil estaba por desarrollar. Juan abandonó su trayectoria y buscó una cabina telefónica. Busco entre los bolsillos de sus pantalones vaqueros esa moneda de cinco duros que le permitiera hacer una llamada, con una bastaba. Nueve, cinco, cero…las agujas en la misma posición y tras un breve silencio, que le pareció infinito, los tonos, uno, dos, tres, cuatro, cinco…nadie contestaba en la casa de Inma.

Aquella clase de hidráulica II había que asumir que no la recibiría. Nunca un cambio de ciento ochenta grados supuso tanto. Pasados unos quince minutos, ninguno según las agujas del reloj de pulsera, Juan llegó a su casa. Abrió la puerta y el silencio le recibió. El pasillo del recibidor era largo, ese día un poco más. A la izquierda aparecía la primera puerta, tras la que estaba el salón. En los sofás su hermana abrazada a su madre. El pergeño de sus cuerpos hablaba por sí solo.

Solamente su hermana levantó la mirada, no para comprobar que Juan había llegado, sino para que Juan supiera leer lo que estaba sucediendo. La noche vino en forma de bofetada. La despedida había tenido lugar sin que hubiera ni palabras, ni dos besos en la mejilla. Fueron trescientos cincuenta quilómetros de música de motor y de canciones del asfalto con los neumáticos. Desde la posición del copiloto Juan contemplaba su reloj de pulsera durante saltos de tiempo reflejados en el reloj del salpicadero del coche.

Al llegar al domicilio de Inma, su madre, y a la vez madre de la madre de Juan, abrió la puerta principal de la casa. La mujer buscaba a Juan con la mirada, sabía que le diría algo diferente a las demás personas. Pero en ese momento Juan no habló, no consiguió articular palabra. Soltó de su muñeca izquierda, con la mayor de las delicadezas, su reloj de pulsera y comenzó el andar hacia su encuentro. Con el mayor de los amores le tomó la mano y le dio el reloj. Mirándola a los ojos, rojos de las lágrimas derramadas, le dijo “hay muchas formas de decir hasta luego, Inma me lo quiso decir así”.

Platón comentaba que el tiempo es la imagen de la eternidad en movimiento y razón no le faltaba. Aquel instante, desde las siete cuarenta y cinco de la Universidad hasta las siete cuarenta y cinco de la casa de Inma, sigue presente en cada tarde de Juan.

Desde entonces no usa reloj de pulsera. Sabe que la vida no avisa, que todo está dispuesto y que sus otras “Inmas” le dirán adiós o él a ellas, pero no a través del reloj de pulsera, esa fue la forma de su tía.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s